¿Por qué entrenamos?
Construir más allá de las inseguridades, entrenar para la vida
Empiezo confesando que la motivación que me inició en el mundo del gimnasio (no de las prácticas deportivas, que vienen desde chico gracias a mis viejos) fue pura y exclusivamente estética. Como siempre fui flaco, entré en este mundo buscando dejar de ser algo que soy. Arranqué con un amigo en un gimnasio de barrio, de esos que ibas y tenías la rutina pegada en la pared, te explicaban más o menos los ejercicios, y a darle. Mes de adaptación, mes de no sé qué, y así repetitivo por la eternidad.
Meses entrenando sin ningún cambio aparente, sin información, sin redes, sin YouTube, solo con revistas que mostraban culturistas con musculosas finas, guantes sin dedos, cuerpos enormes y aceitados a los que miraba sin ninguna atracción. En esos tiempos veías a “los grandes” en el gimnasio y los seguías, intentabas copiarles, y si eras muy osado, les preguntabas algo. Así te ibas armando de las primeras experiencias de “hacer fierro”.
Con eso arranca el viaje de las rutinas y las metodologías. Todas con el único y mismo objetivo: crecer, ganar músculo, verse musculoso y “con rayas” (bajo tejido adiposo), llegando incluso a prácticas extremas con la alimentación y suplementación. Porque todo aquel que le gustan los fierros sabe que una vez que arrancás, toda tu vida vas a buscar un ideal inalcanzable, siempre te vas a ver flaco. Dismorfia.
A mí no me importaba si me hacía sentir bien o no el entrenamiento, si estaba cansado, si tenía ganas de comer o no. Todos eran medios para un fin: estar más grande. Necesitaba ir todos los días, con ganas o sin ganas, porque un día de no ir afectaba cómo me percibía en el espejo. Mi valor, o el que yo me daba, estaba directamente atado a si iba o no al gimnasio y a cómo me quedaba la ropa.
Darme cuenta de esto me tomó años de ir creciendo en autoconocimiento (terapia). El motivador era la inseguridad, que es lo que lleva a muchísimas personas a acercarse a entrenar por primera vez. El problema con este norte es que busca solamente la apariencia externa, dejando casi completamente de lado lo interno, lo humano, lo que somos y vivimos más allá del espejo. Y eso con el tiempo no se sostiene, porque entrenás para tapar algo, no para construir algo. El día que te cansás de tapar, no sabés bien qué te queda. Tras pasar años inmerso en este mundo, yendo a los excesos, explorando límites con mi cuerpo, me encontré con una pared. Me aburrí.
Solo me volví a enamorar cuando conocí las artes del combate, una práctica viva, dinámica, interactiva, que me retaba de formas que nada antes lo había hecho, y que me hacía sentir. Comencé a sentir las prácticas: algo antes, durante, y después que nunca había experimentado. Obsesivo como soy, desde ese momento me metí de cabeza en las artes marciales.
Pero había un problema: al que hace fierro, con el tiempo, se le nota; al que hace artes marciales, no (o al menos no de igual manera). Yo me había enamorado de esas prácticas y ya no me daba para ir tanto al gimnasio. Entonces me iba a achicar, me iba a ver más flaco, y mi ego no me lo permitía. Por eso empecé a usar remeras que decían que yo hacía eso, mis temas de conversación pasaban casi todos por eso, y ahí me fui creando una coraza de rudo: “Cuidado, hago artes marciales”.
Lo que no había aprendido todavía era la humildad arraigada a estas prácticas (en mi caso, jiu-jitsu brasileño). Cuando estás en un aula de BJJ o de Muay Thai, se rompe la coraza. Ya no importan tanto tus años de fierro o tu estatura. Ahí importan el conocimiento, la experiencia y la habilidad, cosas que se adquieren con el tiempo. Me encontré luchando con diferentes personas: altas, bajas, robustas, delgadas, compañeras y compañeros, diferentes edades. Y todo ese entorno te enseña. El entrenamiento toma otro matiz: es el cuerpo, la habilidad y el cómo sos lo que toma importancia, no cómo te ves o cuántos kilos levantás. Ahí empecé a interiorizar una inteligencia corporal, unas herramientas y una forma de moverme mucho más rica, más fluida, más cómoda.
También empecé a entender que no necesariamente tenía que ir al gimnasio a entrenar. Podía practicar mis movimientos, sentir la fuerza, sentir mi cuerpo libre. El movimiento empezó a tornarse una práctica en la vida y para la vida. Este concepto inundó mi cabeza y tomó, hasta ahora, el protagonismo: entrenar, moverse, usar el cuerpo, integrar, explorar, con más personas, usar diferentes herramientas. Y que en la unión y mezcla de todo esto había una ciencia, había un territorio nuevo, y eso impactaba directamente en cómo me sentía. Aprendí que puedo usar diferentes herramientas para regular y modificar cómo me siento.
Con los años, me fui metiendo cada vez más en esta idea. Fui conociendo y aprendiendo a usar más herramientas: clavas, masas, pesas rusas. Empecé a ver las mancuernas como otra cosa, a abrir el espectro de movimiento. Mis entrenamientos pasaron a ser prácticas que tenían como objetivo conectar con el sentir. Si estaba cansado, me lo respetaba. Si estaba triste, feliz, acompasaba esos sentimientos a la práctica y los usaba. La interacción cercana con las personas a las que entrenaba también me enseñó todos los días durante años a navegar y acompañar distintos estados. Así mi práctica se volvió un momento de exploración donde integraba conocimientos, experiencias, diferentes metodologías y herramientas, con un solo fin: cultivarme, regularme y hacerme crecer.
Hoy veo el entrenamiento como una práctica para la vida. Busco estar en coherencia con mi medio interno: curioso, mutable, flexible. Y para eso necesito un vehículo igual de adaptable: rígido cuando haya que serlo, blando y maleable cuando se necesite. Un cuerpo que acompañe mi mente y tenga espacio para reflejar mi sentir.
Y vos, ¿por qué te movés?




